Juicio a Apple por evasión fiscal (política-ficción)
Hagamos un poco de política-ficción. Imaginemos que Steve Jobs está todavía vivo. E imaginemos que en lugar de Tim Cook yendo al Senado norteamericano a defender las prácticas fiscales de su empresa, Apple, Jobs tiene que estar presente en un juicio por evasión de impuestos.
Imagina la siguiente narración de los hechos:
El público que ahora llenaba la sala donde iba a celebrarse el juicio, llevaba un mes leyendo en la prensa que iba a enfrentarse a un egoísta, enemigo de la sociedad; pero, en realidad, todos acudieron a ver al hombre que había inventado el iPhone.
Jobs se puso en pie cuando sus jueces le ordenaron hacerlo… Llevaba un traje gris; tenía los ojos azul claro y el pelo rubio; pero no eran aquellos colores los que hacían aparecer su figura como helada e implacable, sino el hecho de que el traje poseía una clara simplicidad, rara vez observada en aquellos tiempos y muy a tono con el lujoso y estricto despacho de una rica Corporación. Su apostura pertenecía a una época civilizada, en total desacuerdo con cuanto lo rodeaba allí.
La multitud sabía, gracias a los periódicos, que aquel hombre representaba todos los defectos de una riqueza implacable y del mismo modo que alababan la virtud de la castidad y luego corrían a presenciar una película en cuyos carteles anunciadores figuraba una mujer medio desnuda, acudían ahora a verle a él. Al fin y al cabo, el mal de que era prototipo no guardaba relación alguna con la rancia impotencia de un bromuro en el que nadie creía y que nadie se atrevía a desafiar. Lo contemplaron sin admiración, porque tratábase de un sentimiento que les era imposible experimentar desde mucho tiempo atrás; lo miraron con curiosidad y con cierto vago sentimiento de desafío contra quienes les habían dicho que era su deber aborrecerle.
(…)
Todo el mundo permanecía sentado, guardando profundo silencio y contemplando a la alta y rígida figura, no con esperanza, puesto que estaban perdiendo la capacidad para ello, sino con una impasible neutralidad sobre la que campeaba un débil interrogante: el mismo que figuraba sobre todos los piadosos slogans que venían escuchando desde hacía años.
Los periódicos se lamentaban de que la causa de los conflictos que afligían al país, como quedaba demostrado en aquel caso, no era otra que el egoísmo y la avaricia de los ricos industriales; de que hombres como Steve Jobs eran los responsables de la dieta impuesta a todos, de la temperatura cada vez más baja y de los techos agrietados de los hogares de la nación; y de que de no ser por quienes quebrantaron las regulaciones y dificultaron los planes del Gobierno, la prosperidad se hubiera conseguido desde mucho tiempo atrás. Según ellos, los hombres como Steve Jobs obraban impulsados tan sólo por su provecho personal. Esto último quedaba declarado sin explicaciones y sin razonamientos, como si las palabras «provecho personal» constituyeran la marca decisiva de una maldad indiscutible.
(…)
Según los procedimientos establecidos por ciertas directrices, casos como aquél no serían juzgados por un jurado, sino por un grupo de tres jueces, nombrados por la Oficina de Planeo Económico y de Recursos Nacionales; el procedimiento, según dichos directivos, sería informal, pero. democrático. El sillón del juez había sido retirado de la vieja sala de Filadelfia, reemplazándolo por una mesa situada sobre un estrado de madera, lo que daba a la sala una atmósfera similar a la de una especie dé reunión en que un cuerpo presidencial ejerciera su influencia sobre gentes de mentalidad retrasada. Uno de los jueces, que actuaba de fiscal, había leído los cargos.
—Puede usted ahora invocar cuantos recursos quiera en su propia defensa —anunció. Dando frente a la plataforma, con voz monótona pero extraordinariamente clara, Steve Jobs contestó:
—No me defiendo.
—Entonces… —el juez titubeó porque no había esperado que aquello resultara tan fácil —, ¿se coloca usted a merced de este tribunal?
—No reconozco a este tribunal derecho alguno para juzgarme.
—¿Cómo?
—Que no reconozco a este tribunal derecho alguno para juzgarme.
—Pero, míster Jobs, este tribunal ha sido legalmente constituido para juzgar delitos especiales como el suyo.
—No reconozco mi acción como delito.
—Usted ha admitido quebrantar nuestras disposiciones respecto al control de las declaraciones y pagos de impuestos y sobre sus beneficios.
—No les reconozco derecho alguno a controlar los beneficios de mi compañía.
—¿Será necesario señalar que nadie ha requerido dicho consentimiento por su parte?
—Me doy plena cuenta de ello y actúo en consecuencia.
Notó el silencio que reinaba en la sala. Según las reglas del complicado andamiaje de fingimiento en el que toda aquella gente incurría en beneficio ajeno, su actitud habría significado una locura; debieron haber sonado murmullos de sorpresa y desdén, pero no sucedió así; todo el mundo permanecía callado, comprendiendo.
—¿Significa esto que rehúsa obedecer la ley? —preguntó el juez.
—No. Por el contrario, cumplo dicha ley a rajatabla. Según ustedes, se puede disponer de mi vida, mi trabajo y mis bienes sin consentimiento mío. Muy bien. Háganlo, pero sin que yo participe en ello. No pienso defenderme, puesto que no hay defensa posible, ni simularé la ilusión de contender con un tribunal de justicia.
—Pero, míster Jobs, la ley señala específicamente que ha de ofrecérsele una oportunidad de presentarnos su versión del caso y defenderse.
—Un prisionero traído a juicio puede obrar así tan sólo si los jueces reconocen un principio de justicia objetivo; un principio que apoye sus derechos, que él pueda invocar y que nadie esté en condiciones de violar. La ley por la que ustedes me juzgan, sostiene que no existen principios; que no tengo derechos y que pueden obrar conmigo como quieran. Muy bien. Prosigan.
—Míster Jobs, la ley que usted denuncia se basa en el más alto principio: el principio del bienestar público.
—¿Quién es el público? ¿Qué considera éste como su bienestar? Existió un tiempo en que los hombres creyeron que el «bien» era un concepto capaz de quedar definido por un código de valores morales, y que ningún hombre podía buscar el bienestar mediante la violación de los derechos ajenos. Si ahora se cree que mi prójimo puede sacrificarme en beneficio de lo que considera bueno, y aprovecharse de mis bienes simplemente porque los necesita… eso es lo que haría cualquier ladrón. Existe sólo una diferencia. El ladrón no pediría que aprobase su acto.
—¿Hemos de entender —preguntó el juez —que considera sus propios intereses superiores a los del país?
—Sostengo que dicha pregunta sólo puede formularse en una sociedad de caníbales.
—¿Qué… qué significa eso?
—No existe choque de intereses entre hombres que no exigen lo que no han ganado y que no practican sacrificios humanos.
—¿Hemos de entender que si el público considera necesario reducir los beneficios de usted, no reconoce su derecho a obrar así?
—Sí. Sí. Lo reconozco. El público puede disminuir mis beneficios siempre que quiera, rehusando adquirir los productos que fabricamos.
—Estamos hablando… de otros métodos.
—Cualquier otro método para reducir beneficios es un método de saqueadores, y así lo considero.
—Míster Jobs, éste no es modo de defenderse.
—Ya he dicho que no pensaba hacerlo.
—¡Se trata de algo inaudito! ¿Se da cuenta de la gravedad del cargo presentado contra usted?
—No me preocupa en absoluto.
—¿Se da cuenta de las posibles consecuencias de su actitud?
—Por completo.
—Es opinión de este tribunal que los hechos presentados por la acusación no permiten benevolencia alguna. Puede imponérsele una condena extremadamente severa.
—Adelante.
—¿Cómo ha dicho?
—Que la impongan.
Los tres jueces se miraron. El que tenía la palabra se volvió hacia Jobs.
—Semejante actitud carece de precedentes —declaró.
—Es por completo irregular —añadió el segundo juez—. Según* la ley, debe usted actuar en su propia defensa. La única alternativa consiste en declarar que se abandona a merced del tribunal.
—No lo haré.
—Pues tendrá que hacerlo.
—¿Quiere decir que esperan lo haga de manera voluntaria?
—Sí.
—No pienso hacer voluntariamente nada de eso.
—Las leyes exigen que la parte acusada quede representada en el expediente.
—¿Significa ello que necesitan mi ayuda para conferir legalidad a estos procedimientos?
—No… sí…, es decir, debemos atenernos a las normas.
—Pues no voy a ayudarles.
El tercero y más joven de los jueces, que había actuado como de fiscal, exclamó impaciente:
—¡Esto es ridículo e injusto! Pretende usted hacer creer que un hombre de su importancia
ha sido atropellado sin… Se interrumpió bruscamente, porque alguien en el fondo de la sala acababa de emitir un agudo silbido.
—Lo que quiero —dijo Jobs gravemente —es que este juicio aparezca exactamente como es. Si necesitan mi ayuda para enmascararlo, no pienso cooperar.
—Le estamos ofreciendo una posibilidad de defenderse y usted la rechaza.
—No quiero ayudarles a simular que dispongo de dicha oportunidad. No les ayudaré a conservar una apariencia de legalidad, cuando no se reconocen mis derechos. No les ayudaré a conservar una apariencia de racionalidad, entrando a figurar en un debate en el que el argumento final está representado por un arma. No quiero ayudarles a pretender que administran justicia.
—¡La ley le obliga a defenderse voluntariamente! Sonaron risas en la sala.
—Ahí está el fallo de su teoría, caballeros —dijo Jobs gravemente—. Y no pienso ayudarles a repararlo. Si han preferido tratar con la gente imponiendo sus condiciones, háganlo, pero descubrirán que necesitan la voluntaria cooperación de sus víctimas en muchos más aspectos de los que pueden imaginar por el momento. Sus víctimas descubrirán que es su propia voluntad, una voluntad que no pueden forzar, la que hace posible la existencia de ustedes. Prefiero mostrarme consecuente. Haré lo que quieran que haga, como si me apuntaran con una pistola. Si me sentencian a la cárcel, tendrán que enviar hombres armados para que me trasladen allí, porque yo no haré un solo movimiento por propia iniciativa. Si me imponen una multa, tendrán que apropiarse de mis bienes para hacerla efectiva, porque no pienso pagar. Si creen tener el derecho a obligarme a algo, utilicen abiertamente sus armas. No pienso ayudarles a disimular la naturaleza de sus actos.
El juez de más edad se inclinó sobre la mesa, y con voz suavemente burlona dijo:
—Habla usted como si luchara por una especie de principios, míster Jobs, pero en realidad lo que defiende son sus bienes, ¿verdad?
—Desde luego, lucho por mis bienes y los beneficios de mis accionistas. ¿Saben ustedes la clase de principios que ellos representan?
—Adopta aires de campeón de la libertad, pero la única libertad que persigue es la de hacer dinero.
—Desde luego, todo cuanto deseo es libertad para ganar dinero. ¿Sabe lo que implica dicha libertad?
—Míster Jobs, usted no querrá que su actitud sea mal interpretada. No irá a reforzar esa impresión tan difundida de que es usted un hombre desprovisto de conciencia social, que jamás se preocupa del bienestar de su prójimo y sólo trabaja en beneficio propio.
—No trabajo más que en beneficio propio, y sé ganarme lo que consigo.
Se oyó un murmullo, no de indignación, sino de asombro entre la muchedumbre situada tras él, mientras los jueces guardaban silencio. Con toda calma continuó:
—No quiero que se interprete mal mi actitud. Al contrario, me satisfará mucho declararla, con vistas al expediente. Convengo plenamente en todo cuanto han dicho de mí los periódicos, respecto a los hechos, pero no a su evaluación de los mismos. Sólo trabajo para mi propio beneficio, que obtengo vendiendo un producto a quienes están dispuestos a pagarlo. Ni lo produzco para su beneficio a expensas del mío, ni ellos lo compran en beneficio mío a expensas del suyo. No sacrifico mis intereses a ellos, ni ellos sacrifican los suyos a mí; tratamos de igual a igual por consentimiento mutuo y en beneficio común. Me siento orgulloso de cada centavo que he conseguido de este modo. Soy rico, y me enorgullece hasta el último céntimo que poseo. He conseguido mi capital por esfuerzo propio e intercambio libre, y gracias al voluntario consentimiento de todos aquellos con quienes traté; el de quienes me dieron trabajo, el de quienes ahora trabajan para mí y el de los. que adquieren mis productos. Contestaré a todas las preguntas que temen ustedes formularme abiertamente. ¿Deseo pagar a mis obreros más de lo que merecen por su tracto? No. ¿Deseo vender mis productos por menos precio del que mis cuentes están dispuestos a satisfacer? No. ¿Me propongo venderlo sufriendo pérdidas o desvalorizándolo? No… Si esto es maldad, obren como quieran conmigo, y según las normas que prefieran. Las mías son éstas: me gano la vida como debe hacer todo hombre honrado. Rehúso considerar culpable el hecho de mi propia existencia y el de tener que trabajar para mantenerla. Rehúso aceptar como maldad el hecho de ser capaz de obrar así y de hacerlo bien. Rehúso considerar detestable poder hacerlo mejor que otra gente, realizar un trabajo de mayor valor que el de mis vecinos y observar que más personas estén dispuestas a pagar por el mismo. Rehúso pedir perdón por mi habilidad y rehusó pedirlo también por mi éxito y por mi dinero. Si ello es malvado, obren en consecuencia. Si esto es lo que el público considera lesivo para sus intereses, dejen que el público me destruya. Tal es mi código y no aceptaré otro.
—Puedo afirmar aquí que he hecho más bien en pro de otras personas de lo que ustedes pueden figurarse; pero no lo haré porque no busco el beneficio de los otros como sanción a mi derecho de existir, ni reconozco el beneficio de otras personas como justificante para apoderarse de mis bienes o destruir mi vida. No diré que el beneficio ajeno fue el propósito de mi tarea; dicho propósito ha sido mi propio beneficio, y desprecio a aquel que sacrifique el suyo. Podría decirles que ustedes no sirven al beneficio común; que no puede conseguirse el bienestar de nadie efectuando sacrificios humanos; que cuando violan los derechos de un hombre, violan los de todos, y una muchedumbre de criaturas sin derecho alguno queda condenada a la destrucción. Podría decirles que acabarán provocando una devastación universal, como sucede con todo saqueador cuando se queda sin víctimas. Podría decirlo, pero no lo haré. No desafío su política particular, sino sus premisas morales. Si fuera cierto que los hombres pueden conseguir su bienestar convirtiendo a otros en animales dispuestos al sacrificio y se pidiera que me inmolara en beneficio de quienes desean sobrevivir al precio de mi sangre; si se me rogara servir los intereses de la sociedad aparte, por encima y contra los míos, rehusaría por considerarlo el más despreciable de los males; lucharía contra ello con todas mis fuerzas; me opondría a la humanidad entera, aunque sólo dispusiera de un minuto antes de ser asesinado; combatiría con la plena confianza en la justicia de mi misión y en el derecho del ser viviente a la existencia. No quiero que haya malos entendidos acerca de mí. Si mis semejantes, los que se llaman público, creen realmente que su bienestar requiere víctimas, puedo decirles: ¡Al diablo el beneficio público! No quiero contribuir al mismo.La muchedumbre aplaudió entusiasmada.
—Míster Jobs —dijo el juez de más edad, con aire afable, extendiendo los brazos como si le recriminase algo—, es lamentable que nos haya interpretado tan mal. Ahí está el error: en que los industriales rehúsen acercarse a nosotros dentro de un espíritu de confianza y de amistad. Imaginan que somos enemigos suyos. ¿Por qué habla usted de sacrificios humanos? ¿Qué le hace recurrir a tal extremo? No tenemos intención de apoderarnos de sus bienes ni de destruir su vida. No queremos perjudicar sus intereses. Nos damos plena cuenta de sus brillantes éxitos. Nuestro propósito es sólo el de equilibrar las presiones sociales y el de establecer la justicia para todos. Este proceso, más que un juicio en sí, es una amistosa discusión, encaminada a la cooperación y al entendimiento mutuos.
—No quiero cooperar cuando se me apunta con un arma.
Es política ficción pero… ¿es plausible o no? Intenta no pagar todos los impuestos que te son reclamados, y lo comprobarás. Piensa sobre ello.
El texto original corresponde al juicio a Hank Rearden, de “La Rebelión de Atlas” (PII, CIV), Ayn Rand, 1957.





