El Rey está desnudo

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Oct 9

No te escuchan

Escribo esto mientras disfruto de una cerveza casera finlandesa y de unos filetes de reno en un típico restaurante finlandés excavado en la roca. Estoy solo así que tengo tiempo para reflexionar en el barullo de voces anónimas que se entremezclan en el local, y de las que acierto a escuchar algunas palabras en el lenguaje de Cervantes.

Muchas veces he dicho que “España no tiene solución”, que el problema de España “son los españoles" y que para arreglar los problemas en España habría que "cambiar a los españoles”. Pero en el fondo de mí siempre he creído, aunque haya escrito cosas como que jamás saldremos del túnel, que no era cierto, y que de un modo u otro pronto los españoles se darían cuenta de los errores cometidos y reaccionarían a tiempo antes de dar el paso adelante definitivo hacia el precipicio. 

Pero esa esperanza se va desvaneciendo. Poco a poco, pero sin posibilidad de retorno, de vuelta atrás. Me voy dando cuenta de que los españoles realmente no quieren ser ayudados. Cualquier generalización es injusta, por supuesto, pero en toda generalización existe un ápice de verdad. Y en esta también la hay.

Yo he hecho la prueba, tanto en mi entorno personal con “conocidos” como en Internet  con “desconocidos”. De todos los colores. Y no funciona. No se dejan ayudar. Son un muro. De hormigón reforzado con barras de acero. Excepto con los convencidos, sólo un puñado, el resto no te escucha. No te lee. Te ignora. Ni siquiera considera lo que les dices. Te despachan desde con un “ya estás con tus tonterías" y mirada condescendiente como la de la madre al hijo que acaba de preguntar cualquier absurdez en la mesa, hasta el insulto (o lo que consideran un insulto) que cubre tan amplio repertorio de vocablos que te extraña poder cumplir simultáneamente tantas condiciones contradictorias y opuestas, pasando por la resignación difícilmente ocultada. Va contra sus “creencias de toda la vida”

Y lo más sorprendente es que todo muestra que los equivocados son ellos. Su sistema no funciona. Se desmorona. El sistema en el que han crecido y que “siempre ha sido así” se ha mostrado como un espejismo. Como una farsa. Como un edificio artificial sin cimientos. Como una mentira. Pero siguen agarrados a esa mentira que se ha transformado en el único saliente en la escarpada montaña que les impide precipitarse al vacío. 

Cuando les preguntas “cómo arreglarían ellos la situación” siempre te encuentras con algún exabrupto, con una descarga de ira hacia al hipotético culpable interno o externo de que el sistema se hunda, con ideas chirriantes que no tienen ni pies ni cabeza y no sobreviven un mínimo análisis racional (o matemático). Incluso con algún tibio “mea culpa” seguido rápidamente de un “pero…” que desvía el foco de culpabilidad a un tercero, o cuarto, o quinto… Incluso con unicornios

No se dan cuenta (o no se quieren dar cuenta) de que 2+2=4 diga lo que diga cualquier vendedor de sueños. Que si tienes 5€ en el bolsillo no te puedes comprar nada que valga 6. Y mucho menos quitarle ese € que te falta a alguien por la calle simplemente porque tenga un reloj bonito o un coche chulo (y menos quitarle 2€ más para “otros gastos”). Que no se puede ir de irresponsable por la vida y que aunque la Constitución, el Rey o el mismísimo Dios digan que tienes derecho a una “vivienda digna”, a unos servicios bordados en oro, o a un trabajo con trono de plata, eso no significa que sean otros los que te lo tengan que regalar, dar o proporcionar.

Se lo explicas, les pones números encima de la mesa, les haces ver la crudeza de la realidad, les pones blanco sobre negro y cómo el tener varios millones de intermediarios sólo repercute en su empobrecimiento, que los impuestos son un robo, que les están timando, que endeudarse es un suicidio y que no pagar la deuda lo es más, que les engañan en su cara y ellos aplauden, que los unicornios no existen.

Al mismo tiempo les das soluciones que funcionan, que se han demostrado exitosas por separado cuando implementadas por otros países dónde ahora no hay crisis y se vive mucho mejor, que mejorarían su calidad de vida, nadie se moriría de hambre (o no más que ahora) y sobre todo serían mucho más libres para poder prosperar, que los números salen, que se puede hacer en un día porque la única barrera a vencer es mental (y alguna legal, pero creada por humanos, y se puede cambiar) que no pierden nada por intentarlo porque ya prácticamente lo han perdido todo

Y no te escuchan. Nadie. Los cercanos piensan que eres un pesado y que estás siempre con tus “tonterías políticas”, que pasan de la política porque ellos sólo piensan en clave “Sálvame” o porque simplemente están cansados después de todo un día trabajando y quieren relajarse y no pensar en las miserias de la vida.

Los lejanos porque eres un peligroso demonio con tridente, cola puntiaguda que apesta a azufre, desayunas niños iraquíes y cenas pobres a la noche. 

No te escuchan. No te toman en serio. Ni siquiera se detienen a analizar lo que dices, a darle una pensada, a decir “oye, quizás…”. Prefieren seguir agarrados al saliente del “partido de toda la vida”, de “fulanito es muy apuesto y habla muy bien”, de “eso siempre ha sido así”, de “nos han robado y nos lo tienen que devolver”, de “esto se recupera pronto, sólo hay que esperar y no moverse mucho”, de "para que intentarlo si nada va a cambiar”. Así hasta que los dedos no resistan más y se precipiten al vacío. 

No te cogerán de la mano que les ofreces para salvarse. Es demasiado diferente para intentarlo. Y exige esfuerzo por su parte. 

Hace unos meses tuiteé que sólo hay dos tipos de personas que pueden defender el actual sistema: los que se benefician de él, y los que no saben cómo funciona por dentro. ¿En qué grupo estás tú?